«No podemos ser suficientemente buenas»

¿Te pasa?

Ya sea por un instinto de supervivencia, por un código de ética o por una necesidad intelectual, todas buscamos lo mismo: ser mejores. Nos construimos con la idea de superar a nuestras versiones anteriores, pero en algún punto también buscamos superar a las personas que nos rodean. De pronto ser mejor ya no es suficiente, nos resulta primordial ser mejores que los demás. Queremos ser más inteligentes, más fuertes, más interesantes, más ricas, más atractivas. Esta fijación por superarnos y destacar nos puede llevar a un estado de depresión. La imposibilidad de ser siempre el mejor en todo lo que hacemos nos decepciona, y hace que perdamos de vista nuestro verdadero valor. Es cierto que tener metas ambiciosas es importante, pero existen casos en los que estas metas no son sólo una motivación sana, sino que se convierten en la fuente de un pánico innecesario. Una forma de abordar nuestros impulsos obsesivos y perfeccionistas fue estudiada por el psicoanalista británico Donald Winnicott (1896-1971) en los años 50. Donald Winnicott se especializaba en relaciones entre padres e hijos, y en sus prácticas clínicas descubrió patrones de comportamiento entre padres que se sentían como fracasados porque sus hijos no habían logrado ser aceptados en las mejores escuelas, no habían sobresalido en algún deporte o porque la casa no estaba siempre en condiciones impecables. La aportación crucial de Winnicott fue la explicación de que la agonía de estos padres procedía de un lugar común: la “esperanza excesiva”. Entonces, esta sensación de fracaso era provocada por un perfeccionismo cruel y contraproducente.

Fue entonces que Winnicott llegó a la siguiente conclusión: los padres necesitan sentirse “suficientemente buenos”. Él insistía en que ningún niño requiere de un padre ideal, tan sólo necesita una buena figura, amorosa y razonable. Winnicott no decía esto por conformista, sino porque conocía el sufrimiento que puede provocar el perfeccionismo y se percató de que con el fin de permanecer más o menos cuerdos lo cual ya es una gran ambición, debemos aprender a no odiarnos a nosotros mismos por no ser extraordinarios. El concepto de “suficientemente bueno” fue inventado como un escape de ideales peligrosos. Estos conceptos comenzaron con la paternidad, pero pueden ser aplicados a otros aspectos de la vida. Desde nuestra apariencia física, nuestro desarrollo profesional y nuestras relaciones afectivas. Las relaciones, por ejemplo, pueden ser conflictivas de vez en cuando; pero esto no significa que carecemos de suerte o que vivimos en la miseria de una relación mediocre, sino que tenemos la dicha de estar en una relación “suficientemente buena”. La absurda aspiración de algo que parece ser mejor nos hace perder de vista lo que tenemos. De manera similar, en el trabajo podemos llegar a sentirnos estancadas, pero hay que entender que no siempre vamos a poder explotar todas nuestras capacidades. Pero tal vez hagamos buenos amigos, tengamos momentos de emoción genuina y, aunque terminemos agotados, al final del día sentiremos cierta realización profesional. Las áreas en las que somos exigentes con nosotras mismas son también el reflejo de los valores de nuestra sociedad. Aquello en lo que se premia colectivamente a alguien será donde la mayoría tratará de sobresalir. Existieron momentos en los que la educación y el conocimiento eran las virtudes más grandes que podía tener el ser humano; la fama tuvo también su auge, ser diferente a los demás tuvo su momento de gloria, tener dinero por mucho tiempo fue lo más importante entre las prioridades del individuo, y estar en forma parece ganar relevancia cada día. En fin, la importancia de las cosas varía conforme pasa el tiempo y de acuerdo a cada cultura.

Lo que se espera de nosotras en las distintas áreas de la supuesta realización plena del humano ha definido históricamente nuestro comportamiento; por eso se vuelve importante darnos cuenta de lo que en realidad tiene valor para nosotros. De igual forma, las redes sociales y la conectividad global nos muestran a personas en sus mejores momentos de forma constante. Esta lluvia de imágenes de fiestas y viajes nos coloca un filtro de la realidad que hace parecer que la vida de los demás es mejor de lo que realmente es; de este modo, nos invade un sentimiento de inferioridad y competitividad que no es sano. Tenemos que reconocer la idea de que es totalmente posible ser felices sin tener un trabajo perfecto, la pareja perfecta, viajes constantes, un cuerpo ideal y, además, una vida emocionante llena de sucesos extraordinarios.